Réquiem para un Malabarista

El malabarista se planta en el centro del escenario y anuncia con solemnidad, en tono levemente grave, el inicio del espectáculo.

Habla un saltimbanqui consumado que vive de sus recuerdos, de viejas glorias sin reconocimiento, de pasiones desapercibidas por sus contemporáneos.

Desde su decadente escenario comparte en una sola frase todo el desgaste de su dolor: “estos son los hechos memorables que presenció mi juventud primera”.

Con agilidad que sorprende hasta a los más apáticos, realiza prodigiosos actos de una destreza imposible para la pobreza que predica su cuerpo. El dominio de sus instrumentos contrasta con la misera del patrimonio que le acompaña: una vieja silla, la maleta roída por el mundo, los trapos viejos por ropas.

Fiel representante de esa estirpe perdida de los Juglares, esquiva estoicamente los aplausos temerosos del público ante los carretes que desafían la gravedad.

Al culmen del crescendo galopante se deja caer, sobre sí mismo, liberado brevemente del peso de su realidad, sonriendo a una época distante que nunca fue, extasiado por el clamor del público que se rinde a sus pies.

Es Viktorio Godoy, el último malabarista, y su réquiem por tiempos mejores. Una obra teatral de gran calidad que presencié el 16 de abril de 2011 en el Teatro Luis Poma de San Salvador. La venia fue también el réquiem para el lente Canon 50mm f1.8 LTM (que cambié unas semanas después por el Leica Summicron DR 50mm f2.0) y la obertura para la Leica M6 que llegó tan solo unos días antes.

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